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Hebreus 1:1-3

¿Cómo habla Dios a las personas hoy y cómo puedo escuchar su voz?

Dios no está en silencio: nos habla al corazón hoy por medio de Jesús y la Biblia.

23 de febrero de 2024•5 min de lectura
¿Cómo habla Dios a las personas hoy y cómo puedo escuchar su voz?

Dios habla con las personas hoy de una forma muy clara, tierna y accesible a través de la Biblia y, de manera definitiva, por medio de la vida de Jesús. Él no usa misterios difíciles de entender ni pide ceremonias extrañas para conversar contigo. Para escuchar su voz en tu vida diaria, solo necesitas abrir las Escrituras con un corazón sincero, prestar atención a cómo vivió Jesús y poner en práctica sus enseñanzas con las personas que te rodean.

Un Creador que nunca ha estado en silencio

Toma asiento, respira hondo y ponte cómodo para conversar. Si alguna vez has mirado un cielo lleno de estrellas o sentido una calma agradable frente al mar, ya has tenido un pequeño encuentro con Dios. Ese asombro no nace de la nada. La Biblia enseña en el Salmo 19 que la creación entera anuncia la gloria de Dios, como si cada día le hablara al siguiente sobre el cuidado amoroso del Padre.

El apóstol Pablo escribió en Romanos que las cualidades del Creador se notan con claridad en todo lo que Él hizo. Esto significa que Dios nunca nos dejó a oscuras. Él no es una fuerza fría que puso el mundo a girar y luego se marchó dándonos la espalda.

Dios se comunica con nosotros por pura gracia. Esta palabra tan conocida en la fe significa simplemente un regalo inmerecido que nace del amor más sincero. Dios no tiene ninguna deuda con nosotros, pero decidió romper el silencio para abrazarnos como un buen padre abraza a sus hijos amados. Él toma siempre la iniciativa porque busca una relación cercana, llena de confianza, tranquilidad y amistad con cada uno de nosotros.

Una larga conversación que empezó en el pasado

La Biblia nos muestra que esta conversación comenzó hace mucho tiempo. En el libro de Hebreos, en el capítulo uno, se nos explica que, en el pasado, Dios habló a nuestros antepasados muchas veces y de maneras muy variadas. Utilizó sueños, visiones, acontecimientos inolvidables y la voz de hombres sinceros llamados profetas.

Todo eso quedó guardado con cuidado en la primera parte de la Biblia: el Antiguo Testamento. Algunas personas piensan que esas historias antiguas quedaron viejas y no sirven para nuestra vida actual, pero eso no es verdad. Esos relatos funcionan como un valioso álbum de familia que nos muestra la fidelidad de Dios con la gente sencilla de todos los tiempos.

En Romanos 15:4 leemos que todo lo escrito en el pasado se dejó allí para enseñarnos, para darnos paciencia, consuelo y esperanza. Cuando lees sobre la protección divina a personas comunes de hace siglos, aprendes que el mismo Dios que cuidó de ellos es quien cuida de tu familia hoy.

La voz de Dios ahora tiene rostro: Jesucristo

Esa larga conversación alcanzó su punto más alto y perfecto cuando Jesús vino a la tierra. Hebreos nos dice que, en estos días, Dios nos habló por medio de su propio Hijo. Hay una diferencia enorme entre recibir un recado por medio de un mensajero y recibir la visita del Hijo de Dios en nuestra propia casa. Quien habla contigo no es un extraño, sino alguien que comprende a fondo tus dolores.

Jesús no vino solo a decir palabras bonitas; Él es el mensaje vivo de Dios. Sanó a los enfermos, abrazó a quienes otros despreciaban, perdonó faltas graves y dio descanso a los afligidos. En Juan 14, Jesús afirmó que quien lo ve a Él, ve al Padre. Si tienes dudas sobre cómo piensa Dios o cómo te mira, solo contempla la ternura con la que Jesús trató a las personas.

Además de enseñarnos, Jesús realizó nuestra redención. En palabras cotidianas, redención significa pagar el rescate de alguien que estaba preso para devolverle la libertad. Eso fue lo que Jesús hizo en la cruz: pagó por nuestras faltas para que podamos caminar con la frente en alto, sin culpa y con la seguridad del amor de Dios. Aunque gobierna con poder, conoce cada latido de tu corazón.

Cómo afinar el oído en medio del ruido diario

Frente a tantas preocupaciones diarias, cuentas por pagar y el ruido constante de la rutina moderna, ¿cómo podemos escuchar la voz de este Dios hoy? La respuesta es hermosa y muy práctica: tú escuchas la voz de Dios cuando abres la Biblia con atención y haces una oración sincera desde el corazón. Cuando las Escrituras te hablan con verdad, Dios mismo está conversando directamente contigo.

Oír al Creador no exige dones raros ni horas de encierro. Solo pide que bajes un poco el ritmo interior por unos minutos. Cuando lees a Jesús diciendo que no te angusties por el mañana, es su voz trayendo paz a tu mente. Cuando lees que debes perdonar a quien te lastimó, es Dios librándote del veneno del rencor.

La voz de Dios siempre produce calma, esperanza y claridad. Nunca empuja hacia el egoísmo, la crueldad o la desesperanza; es como un abrazo seguro que orienta y cuida. Si un pensamiento te llena de serenidad y del deseo sincero de hacer el bien, ten la seguridad de que estás sintonizando la voz de tu Padre.

Próximo paso práctico

Para empezar a escuchar a Dios hoy mismo de manera práctica, aparta diez minutos en un lugar tranquilo de tu casa. Apaga el televisor, pon el teléfono en silencio y cierra los ojos por un instante. Haz una oración simple y honesta con tus propias palabras: «Dios, no entiendo todo, pero quiero aprender a escucharte. Por favor, háblame al corazón hoy».

Luego, abre el Evangelio de Marcos en el capítulo uno y lee los primeros versículos despacio, a tu propio ritmo. No busques leer demasiado; basta con unas pocas líneas leídas con el corazón. Al terminar, pregúntate con calma: «¿Qué me enseña este ejemplo de Jesús para mi vida de hoy?». Después, pon en práctica esa bondad con alguien de tu familia o de tu trabajo. Es así, en lo sencillo del día a día, como la voz de Dios se vuelve real en nosotros.

¿Desea profundizar en este pasaje?

Este artículo está basado en el mensaje expositivo predicado en la Iglesia ICE Jardins. Puede leer el estudio bíblico completo:

Ver sermón de Hebreus 1:1-3 →
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