¿Por qué tratamos a las personas de forma desigual según su apariencia o su dinero?
Dios no mira las apariencias ni el dinero; Él nos llama a recibir a cada persona con el mismo amor sincero.

Tratamos a las personas de forma desigual porque el mundo nos enseña a valorar las apariencias externas y el dinero, en lugar del corazón. Con frecuencia lo hacemos sin darnos cuenta, buscando aprobación o seguridad en aquellos que parecen tener más ventajas para ofrecernos. Sin embargo, para Dios cada ser humano tiene exactamente el mismo valor sagrado, sin favoritismos ni privilegios de ninguna clase.
Tome asiento, respire hondo y acompáñeme con una taza de café caliente. ¿Quién de nosotros no ha vivido en carne propia una situación semejante en algún momento de su vida?
Recuerde aquel día en que usted entró a un almacén con ropa sencilla y sandalias desgastadas, sintiéndose casi invisible ante los empleados del lugar. Nadie se acercó a darle los buenos días ni a preguntar qué necesitaba. Poco después llegó otra persona vestida con elegancia, perfume importado y llaves de automóvil nuevo en la mano, y de inmediato le abrieron paso con amplias sonrisas. Una experiencia así lastima profundamente, pues en el fondo sabemos bien que el valor real de alguien jamás depende del dinero que guarda en su billetera.
El peligro de quedarse en la apariencia exterior
En la Biblia, dentro de la carta de Santiago, capítulo dos, leemos un relato muy parecido a lo que ocurre todos los días en nuestras calles y oficinas. Santiago describe la llegada de dos personas diferentes a una reunión de la comunidad. El primero entra luciendo anillos de oro fino y ropas espléndidas; el segundo llega con ropa vieja, gastada y cubierta de polvo por las duras faenas del trabajo diario.
La reacción de los asistentes fue rápida y muy triste. Al hombre de buena posición le dijeron con agrado: "Pase adelante, caballero, tome asiento aquí en el lugar preferencial, en primera fila". Pero al trabajador humilde lo enviaron a un rincón apartado: "Quédese allá de pie, o siéntese en el suelo junto a mis pies".
Santiago lanza una advertencia clara y llena de amor: al actuar así, nos convertimos en jueces con intenciones torcidas. Trazamos una línea injusta entre quienes merecen atención y quienes pueden ser ignorados. La Biblia llama a esta actitud "hacer acepción de personas", que significa consentir al poderoso por conveniencia y dar la espalda al necesitado porque creemos que no puede aportarnos nada a cambio.
El ejemplo constante de Jesús en la vida diaria
Para aprender a tratar con dignidad al prójimo, basta con mirar con atención el camino de Jesús. Nuestro Señor jamás eligió a quién escuchar o a quién extender la mano tomando en cuenta su billetera, su ropa o su apellido.
Jesús conversó con gente acaudalada y respetada como Zaqueo y Nicodemo, pero dedicó la mayor parte de su ministerio terrenal a caminar al lado de quienes todos preferían olvidar. Se detenía con paciencia para auxiliar a un mendigo ciego al borde del camino, hablaba amablemente con mujeres marginadas bajo el sol del mediodía y tocaba a personas enfermas de lepra que nadie más se atrevía a rozar.
Jesús nunca juzgó por el aspecto externo. Miraba el dolor, la sed de consuelo y la dignidad que habita en cada criatura creada por el Padre. Santiago nos enseña que Dios eligió con especial afecto a los humildes de este mundo para hacerlos ricos en la fe. Cuando buscamos complacer a los influyentes y dejamos de lado a los pequeños, actuamos contra el corazón generoso de nuestro Creador.
La regla de oro para convivir en paz
Existe un principio al que la Escritura llama la ley real del Reino: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Es una enseñanza tan clara y cotidiana que no necesita explicaciones difíciles para ponerse en marcha en el hogar y en el trabajo.
Amar al prójimo significa desear para los demás el mismo cuidado, respeto y amabilidad que deseamos recibir en un hospital, en una oficina de trámites o en el transporte público. Cuando tratamos con frialdad al recolector de basura pero con lisonjas al jefe de la empresa, rompemos este mandato sagrado.
Dios nos demuestra que no tiene personas preferidas ni consentidos. Su gracia y su bondad nos recibieron sin costo cuando estábamos perdidos y llenos de errores. Si el Señor no nos miró con desprecio ni nos cerró la puerta, nosotros tampoco tenemos permiso para levantar barreras contra nuestros semejantes.
Construir puentes de hermandad en vez de muros
La vida diaria sería mucho más agradable si dejamos de medir a los demás por sus bienes materiales. ¡Qué hermoso resulta compartir una mesa donde se sientan juntos el dueño y el albañil, el médico y la empleada del aseo, disfrutando la comida sin que nadie presuma de superioridad!
La fe verdadera no consiste en discursos bonitos ni en apariencias religiosas. Se demuestra en la vida real, en el saludo amable, en la mano abierta y en ver a cada persona como un hermano. La misericordia triunfa siempre sobre el juicio severo. Cuando tratamos a todos con igualdad, reflejamos la luz divina en nuestro propio vecindario.
Próximo paso práctico
Hoy mismo, elija a una persona que suele pasar desapercibida en su jornada diaria: el vigilante de su calle, la persona que limpia los pisos, el ayudante del transporte o un vecino solitario. Acérquese con respeto, mírelo a los ojos con calidez, regálele una sonrisa honesta y dígale: "Muchas gracias por su trabajo y su dedicación; que Dios bendiga su camino hoy". Practique este gesto sincero sin esperar recompensas ni aplausos, sembrando bondad dondequiera que camine.
¿Desea profundizar en este pasaje?
Este artículo está basado en el mensaje expositivo predicado en la Iglesia ICE Jardins. Puede leer el estudio bíblico completo:
Ver sermón de Tiago 2:1-13 →